En el ejido La Unión, al norte de Torreón, la mañana del 1 de octubre empezó como cualquier otra en una secundaria pública. Cambio de clase, pasillos, ruido de bancas. Alrededor de las 8:30 la Secundaria Número 13 “Justo Sierra Méndez” se llenó de gritos y detonaciones. Dos hermanos de 18 años, exalumnos, vecinos del mismo ejido y conocidos ahí como “Los Cuates”, habían entrado encapuchados.

El prefecto Alberto Rodríguez contó que llevaban machetes, armas blancas y bombas molotov. Hubo ataques en los baños y en un salón. La subdirectora murió. En reportes locales la identifican como Leslie Edith, de 56 años, y dicen que se interpuso cuando agredían a un maestro. Quedaron heridos el director Ricardo Quintana, de 54; un maestro de 49 llamado Gerardo, y al menos un alumno, Alexis, de 13. Las autoridades hablan de tres o cuatro lesionados y de uno o dos estudiantes graves. El plantel tiene unos 210 alumnos; ese día había menos por la lluvia.

Adentro, maestros y chicos cerraron puertas y empujaron muebles. Afuera, padres y vecinos oyeron el estruendo, salieron y alcanzaron a los dos cuando intentaban irse. Los sometieron. Videos que circularon en minutos los muestran en el suelo, golpeados, antes de que llegara la policía municipal y se los llevara. El fiscal Federico Fernández Montañez habló de una agresión brutal. El gobernador Manolo Jiménez dijo que se iría hasta las últimas consecuencias.

La línea preliminar es resentimiento contra el plantel. “Sentimientos”, dijeron. Medios de la región apuntan a que acababan de salir de un anexo. Nadie lo ha confirmado. Tampoco se han dado nombres completos. El fiscal, en un primer momento, habló de armas blancas y petardos pendientes de peritaje; los testimonios de la escuela mencionan también detonaciones y posibles armas de fuego. El móvil exacto sigue abierto.

Esto es el México que no sale en los discursos de seguridad. Una secundaria de ejido, no un colegio privado de la ciudad. Una subdirectora que, según los primeros relatos, se metió a detener el golpe y no volvió a levantarse. Un niño de 13 entre los heridos. Padres que no esperaron a la patrulla porque el miedo les ganó a la espera. Y dos hermanos de 18 años, exalumnos, que regresaron al mismo edificio donde alguna vez pasaron lista, con la cara cubierta y el enojo —o lo que sea que cargaban— convertido en machete.

Quedan las dudas que duelen más que el titular: qué les pasó dentro de esa escuela para que volvieran así, si alguien lo vio venir, por qué un anexo aparece en las versiones locales y no en las oficiales, y cuántos planteles de ejido siguen abriendo la reja cada mañana sin nada más que un prefecto y la esperanza de que el día termine igual que empezó. La SEP y el Gabinete de Seguridad lamentaron el hecho. En La Unión, esta noche, el luto no necesita comunicado.